Honrar a los que no llegaron.
- Carolina Bianco

- 16 ene
- 3 Min. de lectura
La presencia invisible de los no nacidos en el sistema familiar.

En muchos árboles familiares hay historias que no se cuentan: embarazos que no llegaron a término, pérdidas tempranas, interrupciones espontáneas o voluntarias, bebés que vivieron apenas unos minutos u horas.
Aunque para la mente racional esos eventos “no deberían afectar”, en lo emocional y en lo
sistémico tienen un impacto profundo. En Biodescodificación y BioConstelaciones lo veo constantemente: cuando un no nacido no tiene lugar, su ausencia sigue moviendo hilos dentro del sistema. No por castigo, no por culpa… sino porque todo lo que no se nombra busca expresión de alguna manera.
Los no nacidos no desaparecen: se vuelven silencios que pesan.
Cuando un embarazo termina, el cuerpo y la psique viven una experiencia intensa, incluso si la persona cree haberla pasado “rápido” o “sin pensar demasiado”. Pero el sistema familiar también lo vive.
Y, si esa pérdida no se nombra, no se honra o no se acompaña, puede generar:
• sensaciones de vacío sin explicación
• duelos congelados
• síntomas físicos
• depresiones suaves pero persistentes
• bloqueos para maternar
• dificultades para concebir
• miedo a la vida o a la muerte
• o incluso repeticiones en generaciones posteriores.
Lo que no tiene lugar, busca lugar.
Para el inconsciente, todo hijo es hijo.
Da igual si vivió horas, días o no llegó a nacer. Da igual si fue espontáneo o voluntario.
El inconsciente lo registra como un integrante del sistema. Cuando no se cuenta, el sistema se desordena porque falta alguien. Y, como siempre en lo sistémico, cuando falta alguien, otro suele ocupar ese lugar sin saberlo. Ese es uno de los motivos por los que algunas personas sienten que no encajan en su vida, que viven una existencia “que no es totalmente suya” o que cargan un peso que no entienden.
Darles un lugar trae orden, descanso y verdad.
Trabajar los abortos —los espontáneos y los voluntarios— no significa remover culpa ni convertir la experiencia en algo doloroso. Se trata de reconocer lo que ocurrió con amor, sin juicio y con mucha delicadeza.
Cuando se hace este trabajo, algo precioso sucede:
• La madre o el padre conectan con un duelo que quizá nunca pudieron hacer.
• Se libera una carga emocional acumulada.
• El útero (físico y simbólico) recupera espacio.
• Las generaciones posteriores dejan de repetir patrones vinculados a esa pérdida.
• La vida vuelve a moverse con más claridad.
Honrar no es abrir heridas. Honrar es cerrarlas bien.
No se trata de culpas, sino de vínculos.
Uno de los conceptos más importantes que trabajo en encuentros y sesiones es este:
un hijo no nacido no es un fallo, es un vínculo. Y los vínculos, cuando se reconocen, se ordenan. Cuando se silencian, se convierten en sombra.
Dar lugar a los que no llegaron es un acto de amor hacia ellos, hacia uno mismo y hacia todo el sistema familiar. No cambia lo que pasó, pero cambia cómo lo vive la memoria emocional.
Cuando se honra lo que fue, la vida recupera su sitio.
Trabajar los no nacidos trae una paz que sorprende a muchas personas.
De pronto, emociones que parecían inexplicables se colocan. La familia interna se ordena.
El cuerpo afloja. La fertilidad -en sentido literal o simbólico- se abre.
Porque la exclusión siempre deja un hueco. Y el reconocimiento siempre libera.



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